Declara la gran maestra que fue Elisabeth Kubler Ross que morir es trasladarse a una casa más bella. Y así debe ser para los que se van. Quienes han tenido una experiencia próxima a la muerte coinciden en señalar que ven su cuerpo tumbado, oyen a los familiares u otras personas pululando alrededor cargados de angustia, vislumbran el túnel de luz… y sienten una indescriptible e inconmensurable Paz. ¡No lloréis por mí! se reconocen todos gritando a los que se quedan atrás ¡Si supierais lo bien que estoy!

A ellos, huérfanos, viudas, amigos, compañeros, es a quien entrego estas líneas. La mayor pérdida es para nosotros. No nos quedan salvo recuerdos, acaso el de unos brazos que se alargan para dar consuelo, acaso la sonrisa compartida, acaso tantos problemas superados en unión, acaso la compañía en la que no es preciso hablar porque el otro ya entiende, acaso saberse querido y tener claro a quién querer. La muerte restalla y pulveriza todo ello. Nos entra pánico ante la posibilidad de ir olvidando a quien tanto nos hizo vibrar y cuya existencia otorgaba dimensión y sentido a la nuestra. Surge el abismo del vacío y del silencio. Sin embargo he podido comprobar que, pese al fallecimiento corporal, nuestro ser querido no se va. Nunca se va si estamos atentos. Es todo lo que hay que hacer. Prestar atención y decir: “estoy preparado”. Y un día muy próximo a esta declaración, inesperadamente, surge la señal. “El naranjo de mi puerta está que revienta de flores –declaró un amigo que había perdido a su madre hacía poco tiempo. –Jamás había florecido de este modo”.

Sonreí al oírlo. Ese naranjo, fue ella quien lo plantó.